Para San Valentín mis abuelas tejían los amorcillos. Y también ponían narcisos por la casa y decían como en susurros: “¡Qué bien huelen los amorcillos…” No recuerdo si también había un postre que fuera el amorcillo, pero es porque lo confundo con las yemas de Santa Teresa, que eran empalagosas para mi gusto de tanto …”